Volviendo a mi experiencia personal, a raíz de lo que te contaba el otro día, he de reconocer que tardé muchos años en advertir que formarme «no significaba sólo adquirir conocimientos, sino sobre todo —como señala López Quintas comentando el pensamiento de Romano Guardini— configurar la personalidad, orientar debidamente las distintas energías que laten en el propio ser y tejer la trama de relaciones que constituyen el ámbito de cada persona, vista en todo su sentido y alcance». Cuánta alegría y qué maravilloso reto el que desde esa constatación he tenido y tengo ahora por delante.
Así como formarnos implica una intervención activa sobre nosotros mismos: nuestro crecimiento personal, la formación de nuestra personalidad, la canalización de nuestras energías, el desarrollo de las distintas dimensiones en las que nuestro ser se manifiesta y despliega, de idéntico modo contribuir a la formación de otros implica necesariamente influir sobre ellos, proponerles pautas de desarrollo, de comportamiento, de cambio, enseñarles a juzgar, a tener todos lo elementos para hacerlo adecuadamente, etc.
Se trata sin duda de una gran responsabilidad. Por eso, aunque algunos nieguen a nivel teórico la necesidad de una visión clara de quién es el hombre para realizar la tarea educativa-formativa, en la práctica quiénes nos movemos sin prejuicios en este quehacer nos damos cuenta de que esta supuesta “neutralidad” es imposible. Como afirma Von Hildebrand: «es completamente ilusorio pensar que la influencia formativa, la transformación y desarrollo orientado por una persona ajena puede tener un sentido sin determinar el fin hacia el que el afectado debe dirigirse. La determinación del fin es absolutamente imprescindible para educar, para que la tarea educativa tenga algún sentido (…) Si se desea transformar a otra persona e influir en ella, es menester una orientación, una meta a la vista, una imagen de lo que el otro deberá ser».
Nos encontramos ante uno de los problemas más acuciantes de nuestra momento cultural: ¿tiene sentido educar-formar en una cultura en la que se impone cada vez con más fuerza el relativismo? Si fuésemos coherentes, la respuesta sería: no. El quehacer educativo-formativo deja de tener sentido en una cultura en la que impera el talante relativista: ni hay una verdad sobre el hombre, que nos muestre las distintas energías que laten en su propio ser y que nos permita proponer y recorrer personalmente las sendas adecuadas para su despliegue, ni hay una verdad sobre la realidad que nos permita introducirnos e introducir, situarnos y situar a los hombres en ella. No sorprende por ello que en la actualidad la educación se encuentra en una profunda crisis.
Desde el inicio de su pontificado, lo viene señalando Benedicto XVI: «en la actualidad, un obstáculo particularmente insidioso para la obra educativa es la masiva presencia, en nuestra sociedad y cultura, del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la libertad, se transforma para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, dejando a cada uno encerrado dentro de su propio “yo”. Por consiguiente, en el interior de ese horizonte relativista no es posible una auténtica educación, pues sin la luz de la verdad, antes o después, toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su esfuerzo por construir con los demás algo en común» (Discurso del 6 de junio de 2005).
Desde el inicio de su pontificado, lo viene señalando Benedicto XVI: «en la actualidad, un obstáculo particularmente insidioso para la obra educativa es la masiva presencia, en nuestra sociedad y cultura, del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la libertad, se transforma para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, dejando a cada uno encerrado dentro de su propio “yo”. Por consiguiente, en el interior de ese horizonte relativista no es posible una auténtica educación, pues sin la luz de la verdad, antes o después, toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su esfuerzo por construir con los demás algo en común» (Discurso del 6 de junio de 2005).